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El peligro de aprender sin escuchar, fijando una pronunciación equivocada: en inglés y en chino empiezas "en números rojos"
Seguir estudiando un idioma solo por el texto, sin escuchar el sonido real y arrastrando una pronunciación equivocada, no es simplemente poco eficiente. Es una pérdida brutal de tiempo y, encima, un acto que va acumulando "saldo negativo". Y lo más inquietante es que ocurre sin que uno se dé la menor cuenta, mientras se te esfuman cientos de horas. Pasa igual en inglés que en chino; es más, en un idioma con tonos como el chino, el problema se vuelve todavía más grave.
Por qué es "saldo negativo": la práctica no crea "mejora", crea "fijación"
Lo que la práctica construye no es "mejora", sino "fijación". Si repites bien, se fija lo correcto; si repites mal, se fija el error. No hay excepciones. Si el sonido que suena dentro de tu cabeza está equivocado, esas decenas de veces que practicaste no fueron el idioma, sino "tu sonido equivocado". Y encima con la sensación de logro de "estudié en serio". En lingüística a esto se le llama fosilización (fossilization), y un error que se graba hondo cuesta muchísimo quitarlo. Por eso aprender algo mal puede ser incluso peor que no aprenderlo.
Escena 1: no escuchas el sonido, abres el libro y lees
Es la estampa de estudio más común de todas. Sin tocar ningún audio, lees con los ojos (o en voz alta). Da la sensación de que estás estudiando muchísimo. Pero como no estás escuchando el sonido, cada palabra que lees es un sonido que tú te inventaste al adivinar algo que ves por primera vez. El cerebro no deja el hueco en blanco: lo rellena con los sonidos que ya tiene a mano (los de tu lengua materna). Y como incluso al leer en silencio uno hace sonar las palabras en su cabeza, hasta ese rato en que no dices nada en voz alta sigues sobrescribiendo errores en silencio.
Si sigues en este estado: todas las palabras nuevas que leíste hoy, sin excepción, entran en tu memoria con ese "sonido adivinado". Mientras no pase por un sistema que reproduzca el sonido primero, este "stock de errores hecho por adelantado" se sigue acumulando cada día, en silencio. Lo que te ahorras son unos segundos; lo que pierdes es cientos de veces ese tiempo.
Escena 2: aprender con un profesor no nativo, con una pronunciación "de oído aproximado"
Mucha gente aprende con profesores que no son nativos. No es para echarle la culpa al profesor, porque ese profesor también aprendió de la misma manera. El problema está en la estructura. Así lo que recibes no es el sonido nativo en sí, sino "la aproximación de una aproximación". La desviación se acumula de generación en generación. Si aprendes de un profesor que no distingue la b de la v, o que dice "estudent" en vez de "student" metiendo una e delante de las eses iniciales, tú tampoco lo distinguirás en toda tu vida. Si en chino aprendes de un profesor con los cuatro tonos (四声) borrosos, tus tonos serán borrosos para siempre.
Lo que pierdes aquí: mientras sigas pasando siempre por sonidos aproximados, se te van años enteros sin tocar ni una sola vez el "original" del nativo. Si nunca llegas al sonido de origen, la precisión de la copia de la copia se convierte, tal cual, en el techo de tu pronunciación. Sin darte cuenta, tú mismo le estás poniendo un límite a tu propio margen de mejora.
Escena 3: listas de vocabulario y de frases que ni siquiera traen la transcripción fonética
Puede que esto sea lo más cruel de todo. Traen miles de palabras y sin embargo no hay transcripción fonética ni hay audio. Te exigen "leer" palabras que nunca has oído y para las que ni siquiera te dan una pista para adivinarlas bien. El resultado es uno solo: las lees todas con los sonidos de tu lengua materna. Y por cada palabra que trae el libro se fabrica en serie un fósil de sonido equivocado. Encima con la peor de las sensaciones de logro: la de "me terminé el libro entero".
Lo que pierdes en total: cuanto más "te terminas" un libro sin audio ni transcripción, más inventario de sonidos equivocados acumulas. Si el material no viene desde el principio con la lectura más la voz del nativo, el número de páginas se convierte, tal cual, en el número de deudas que después tendrás que despegar. Cuanto más grueso el libro, en realidad, mayor la pérdida.
Lo más aterrador: que hasta la comprensión auditiva se te rompa
El error de pronunciación no es solo un problema de la boca. Porque al pronunciar y al escuchar compartimos la misma "imagen sonora". Cuando memorizas una palabra con "tu sonido equivocado", la etiqueta que tu cerebro le pega a esa palabra es ese sonido equivocado. Por eso, en el instante en que un nativo la dice con el sonido correcto, tu cerebro lo procesa como "una palabra que no conozco". No entiendes una palabra que en teoría sí sabes. Hablas y no te entienden, y aunque oigas el sonido correcto tampoco lo captas: una pérdida doble.
Que después de años no entiendas ni hables no es cuestión de talento, sino de "cuánto has repetido el sonido"
Llevas años estudiando y aun así no entiendes ni te sale hablar: es una queja muy, muy común, pero no tiene nada que ver con ser más o menos listo. La causa está clarísima: la mayor parte de esos años la usaste en los "ojos" y casi nada en los "oídos". Te falta, de manera decisiva, tiempo dedicado a escuchar el sonido correcto y sacarlo por la boca. Por eso todos esos años no se convirtieron en capacidad de escucha ni de habla. Lo que hace falta no es "más horas sentado frente al escritorio", sino cambiar en qué usas ese mismo tiempo: escuchar el sonido correcto y decirlo en voz alta. Desde el momento en que concentras el tiempo en este único punto, el oído y la boca que estaban parados se ponen en marcha.
Se puede hacer "mientras haces otra cosa": caminando, yendo al trabajo o a clase, en el gimnasio
"No tengo tiempo para eso": en realidad, ese tiempo que crees que "no tienes" es justo el que más tiras a la basura todos los días. Con sonido puro más repetición infinita no hace falta escritorio, ni lápiz, ni siquiera los ojos. Un solo toque y la misma frase suena una y otra vez sin parar. Mientras caminas. En el bus o el tren camino al trabajo o a clase. Mientras entrenas en el gimnasio. Justo en esos ratos en que tienes las manos y los ojos ocupados, el oído y la boca están libres. El motivo número uno por el que la gente no avanza —"no acumula suficiente tiempo de exposición al oído"— se puede resolver sin cambiar tu vida.
El tiempo que, si no lo usas, se te va cada día: cada día que no dedicas ese "rato mientras haces otra cosa" al oído, esas decenas de minutos de escucha y habla que ibas a tener gratis se te evaporan del día, tal cual. El precio no es "no hacer nada", es "seguir perdiendo día tras día".
Una sola frase por decenas de veces entra "de golpe": al final es el camino más corto
La forma de hacerlo es asombrosamente simple. Escucha una sola frase decenas de veces seguidas y, cada vez, tararéala bajito por lo bajo. Eso es todo. En lugar de rozar de pasada cada palabra suelta una sola vez, concentra la repetición en un único bloque. Entonces el sonido, el ritmo y el significado se funden en una sola pieza y se fijan "de golpe", ahí mismo. Parece un rodeo, pero este es el camino más corto en tiempo. Tanto la pronunciación como la comprensión auditiva no son conocimiento, sino una habilidad de movimiento y percepción, y una habilidad solo se solidifica con "repetición concentrada sobre una única unidad correcta". Diez minutos de repetición concentrada mueven la boca y el oído mucho más que una hora de lectura en silencio. Y como lo haces con el sonido correcto desde el principio, el trabajo posterior de despegar errores (es decir, ese tiempo en números rojos) es cero.
Corregirlo es simple: "el sonido primero, el texto después (o junto con él)"
La solución es tan simple que hasta decepciona. Mete el sonido correcto primero por el oído. Sobre esa base, imítalo en voz alta y usa el texto solo como pista. El orden es siempre "escuchar → imitar → repetir hasta que se fije". Leer viene después. Si metes el sonido correcto al principio, las miles de repeticiones que vengan luego serán todas un ahorro en la "dirección correcta". Te ahorras los primeros segundos y pierdes cientos de veces eso: el seguro más barato es, siempre, el que contratas al principio.